El Perrerreque
Tomado de La Prensa del 24 de Mayo del 2004

Buscando solución al acertijo que me dejó el chinito Reynaldo Chow, sobre qué fue primero si la pupusa o el pico (LA PRENSA 09/05/04), viajé a investigar a esas tierras leonesas que antes fueron “de pan llevar” y que ahora son “de pan robar” —según el sanjuaneño Miguel Canda—.

No desentrañé la intríngulis del pico y la pupusa pero aprendí otras cosas interesantes. Aprendí, por ejemplo, que el “pan ázimo” es el que no lleva levadura, que el “pan inglés” es graso y en cambio el francés es esponjoso, liviano y sin grasa, que el “pan integral” se hace con todas las partes que tiene el trigo, que el “pan negro” es de centeno y que el “pan de munición” es el de peor calidad y por eso se come en los cuarteles.

Aprendí también que “el pan caliente” además de ser para las viejas sin dientes, es un grosero juego de manos, que “pan sin sal” es aquel individuo con cara de yeso, sin ninguna gracia, incapaz, zafio y tieso, que “pan quemado” es el apodo que se aplica a los morenos que tiran a morado, y que “caer pan de rosa” es como caer en gracia sin ser gracioso.

Supe que los niños no vienen “con un pan bajo el brazo” y que el dicho “contigo pan y cebolla” va más allá del puro acomodo amoroso, porque después de los primeros goces de alcoba vienen las lágrimas que arrancan las ácidas cebollas de las desilusiones y frustraciones amatorias.

No satisfecho con tantos “conocimientos” interrogué a doña María Justina Roque Berríos, una señora morena ya entrada en canas, a quien la “maestra necesidad” la curtió en el oficio de hacer “cosa de horno” para poder criar y educar a sus siete hijos. Del horno que posee en su casa, en el barrio Sutiaba, doña María Justina extrae todas las mañanas exquisitas tortas de leche y perrerreques, que vende en un puestecito que tiene en el mercado, donde la cosa de horno de “Las Bambas” —así les dicen a las Roque en el vecindario—, es afamada.

“La venta es muy variable porque esto no es negocio sino una cosa para sobrevivir —dice con gesto resignado—. Antes el quintal de payana costaba cuarenta córdobas y la libra de queso valía cuatro córdobas, hoy la libra de queso está a 17 córdobas y el quintal de payana a 220.

LA CANDILERÍA Y LAS LÁMPARAS TUBULARES

Periodista: ¿Usted es autóctona del barrio Sutiaba?

María Justina: Claro que sí, nací en Sutiaba hace 67 años, en esa esquina. Mi mamá se llamaba María Berríos y mi papá Moisés Roque. Allá en mis tiempos de niña este barrio era una sanjonada horrible, las calles eran barrancosas y sobre promontorios de tierra estaban las casas. La casa de mi madre tenía las paredes de caña de castilla. Con esas cañas se cerraban todas estas casas y nadie se atrevía a robar. Con el tiempo cambiaron a paredes de adobe o tequesal, no había luz eléctrica y nos alumbrábamos con candiles de lata.

Periodista: —¿Existía en ese tiempo un local que llamaban La Candilería?

María Justina: Sí. Quedaba de donde las monjas tres cuadras y media al sur. Allí llevaban presa a la gente. Era una cárcel. Quedaba allá, en la propia esquina del parque.

Periodista: —Antes en las ciudades importantes existía un edificio al que llamaban La Candilería, porque ahí almacenaban y preparaban los faroles o candiles que alumbraban las calles de la ciudad. A los que trabajaban ahí les llamaban faroleros porque eran también los encargados de encender y apagar esas luces. ¿Nada de eso había en La Candilería de León?

María Justina: Nada de eso. Era un edificio feo, ahí no había candiles, pero es que no había luz en toda Sutiaba, éste era un barrio oscuro. Ni en las calles ni en las casas había otra cosa que candiles. Todo mundo se alumbraba con candil y con aquellas lámparas de la reina, que eran lámparas de tubo para guindar, con una mecha de manila o de trapo. “APRENDÍ CON LA MAESTRA NECESIDAD”

Periodista: —¿El quehacer de su mamá y de su papá ya estaba vinculado a la fabricación de cosa de horno?

María Justina: No, mi mamá lo que hacía era pinol para vender y mi papá trabajaba en la huerta. Tuve siete hermanas, ya murieron dos, todavía están, la Zoila, la Paz, la Matilde, la Teresa y yo. Yo soy la última.

Periodista: —¿Qué otras cosas recuerda de su infancia en Sutiaba?

María Justina: Tuve una infancia feliz. Pero como sólo éramos mujeres nos entreteníamos saltando a la cuerda. Que yo recuerde brincamos mucho, corríamos, jugábamos cocinita. En todo eso me fui a la escuela a aprobar mi primaria, después seguí secundaria pero sólo logré aprobar el segundo año.

Periodista: —¡Cuénteme más! Imagino que se casa, y que para mantener a sus hijos, ¿tiene que vender cosa de horno...?

María Justina: No, no. En ese tiempo yo no vendía cosa de horno. Yo sacaba la venta de cosa de horno donde doña Adilia Galo, que queda de la Texaco Guido una y media abajo, ahí donde los Galo tienen su rótulo que dice: Eduardo Galo, entonces yo saqué cosa de horno desde que tenía 12 años y dejé de vender a los 40 años. Pero doña Adilia no me enseñó sino que me enseñó la necesidad mía, porque ella no le enseña a nadie. Yo le dije que si me enseñaba, pero ella me dijo que si yo quería aprender tenía que dormir en su casa. Pero usted sabe que por la necesidad uno busca la forma de ganar la vida para darle de comer a los hijos, porque mi hombre mucho tomaba, doña Adilia me dijo que me estuviera unos meses con ella, que me iba a enseñar, pero cuando yo llegaba ya estaban todas las ventas sobre la mesa. Nosotros no mirábamos nada, nada, nada. Yo aprendí a hornear tanteando, yo y una sobrina mía. Nos íbamos a hornear de esa esquina a la otra, nos íbamos a las 3:00 a.m., a tantear a ver cómo nos quedaba.

LA SARA PÉREZ Y LAS QUINTANILLA

Periodista: —¿Sabe usted dónde comienza la historia de la cosa de horno?

María Justina: Ah bueno, la que hacía cosas de horno era la Sara Pérez, pero no es igual a la de nosotros. Ella vivía allí, del Banic una arriba y media al sur, pero esa señora sólo hacía perrerreque y unas hojaldras, mi mama de allí sacaba para vender. También donde las Galo, allí hacen perrerreques, quesadillas, pan de arroz y torta de leche.

Periodista: —¿Dónde fabricaban los picos y los bonetes, es decir el pan dulce?

María Justina: Donde las Quintanilla que quedaban de La Salle casi a las tres cuadras, esa panadería era grande, yo conozco allí porque yo trabajé también allá donde las Quintanilla.

COSTUMBRES DE OTRA ÉPOCA

Periodista: —¿Qué empezaron a hornear primero aquí en León?

María Justina Cuando yo nací ya había todo eso. Donde las Quintanilla habían dos hornos grandes porque era potente la panadería, pero como ya murió la señora quedó el marido mangoneando la panadería, pero el señor por cuenta tenía azúcar y lo cojearon y después murió en el asilo.

Periodista: —¿Y cómo va su salud?

María Justina: Me empezaron a salir unos tumores en esta parte de la garganta, yo pensé que era inflamación en la garganta, pero no era eso. Estoy regular.

LAS VENTAS CHIRRES Y EL TRABAJO ESPESO

Periodista: ¿Cómo comienza el día suyo?

María Justina: Yo me levanto a las 2:00 ó 2:30 a.m. y después de eso reparto la venta, me baño y me voy al mercado, me vengo hasta las 5:00. Hoy se vendió todo, tuve bonita venta. Pero hay veces que no se vende, hoy se vendió todo, lástima que no tengo cosas de horno para darle.

Periodista: —¿Y esa es su única entrada? ¿No tiene casa que alquilar, siempre ha sido pobre?

María Justina: Pues sí, ésta es la que me dejó mi marido, pero como ya están heredados todos mis hijos ya no tengo nada. Esa es la vaina de heredar con anticipación.

Periodista: —¿Cuénteme eso de la sobrina..?

María Justina: Es que mi sobrina me dice: En esa vaina de la cosa de horno no se gana, es más la cachimbeada que lo que se gana. Fueron a Managua a vender, a Chinandega la otra, y ni para atrás ni para adelante. Tuvieron tres meses haciendo eso y más bien me quedaron enjaranadas con el queso porque costó que me pagaran.

Periodista: —¿Es que me imagino que al encarecerse los productos con los que se hace la cosa de horno, las ganancias tienen que ser pocas?

María Justina: Mire, se compra la leche, se compra el bicarbonato, se compra el azúcar, se compra el arroz, se compra la leña, la molida y entonces?

TIEMPOS DE ANTAÑO

María Justina: Los niños de antes eran bien educados, no como ahora, ahora los hijos le pegan a los padres, ahora no respetan, nosotras teníamos que dar las buenas noches y los buenos días con las manos puestas. Si nos portábamos mal nos pegaban, fíjese que sólo que me fuera donde mi abuela un ratito, me pegaban con un varejón de cuero crudo.

Periodista: —¿Y cuando empezó a enamorarse tuvo problemas con su familia?

María Justina: No porque jalé escondido. Yo jalé con ese hombre tres años para nada, para nada porque no me gustaba casarme. Él me ofrecía casamiento pero no me quise casar. En ese tiempo tomaba pero no mucho, pero es que yo no quería ser casada.

Periodista:—¿Pero al fin accedió?

María Justina: Me fui con él, sólo me fui, pero no me casé. Esa fue una buena experiencia. ¿Sabe por qué no me casé? Porque hay casamientos que no duran porque a los hombres les gusta una, otra y otras mujeres, entonces para eso, mejor no. Yo venía previendo todo eso.

Periodista: —¿cuáles eran las costumbres allá en su juventud? ¿Las modas? ¿Los bailes?

María Justina: Bueno, habían fiestas pero sólo con conjunto, no como esas que se hacen ahora. Yo no era fiestera. Las jovencitas vestíamos vestidos largos, no habían chingos, ni como ahora que andan casi desnudas. No, eran vestidos decentes y no habían tanto relajo como hay ahora con los “mariguaneros”. Ahora mejor no salga que hasta lo pueden matar.

"CACHARPA" DE HIJOS “

María Justina: En el matrimonio me fue regular porque tengo una ‘cacharpa’ de muchachos... Son siete, pero todos enfermos, por eso como le digo, yo he buscado la vida para mantener a mis hijos y hasta la vez no les dejo de ayudar y míreme a la edad en la que estoy ya debiera estar descansando, porque tengo 77 años”.


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